viernes, 5 de junio de 2009

Lágrimas

No logro conciliar el sueño. He tenido un mal día y me apetece compartirlo. Un momento, voy a poner algo de música.

Ya está. He puesto una canción triste. Hay que entrar en ambiente. La canción no es una canción. Es decir, si. Bueno no. Es un video que encontré en youtube sobre imágenes góticas y al mismo le acompaña una melodía que hace enmudecer y provoca pensamientos melancólicos. Son las notas de violín más hermosas que he escuchado nunca.

Llevaba desde verano esperando este momento. Conteniéndome. No había llorado por ello en ningún momento. No me dejaba. Odio llorar. Pero por fin ha sucedido. Discutíamos. Mis padres y yo. ¿Por qué? Insignificancias que no vienen al caso. Sólo necesitaba un respiro.

“Yo no me tomé ningún respiro este verano hijo mío; nos tenías a todos acojonados y nadie ha dicho nada desde entonces.”

Gracias.

Quizás por eso nunca hasta ahora lo había exteriorizado: necesitaba un reproche que ninguna sentencia formal me daría, sólo un juicio en el seno de la confianza perdida de un progenitor.

Se acercaba lo peor, pero a ellos no les iba dar la satisfacción de observar cómo me derrumbaba. Semejante espectáculo únicamente lo debo reservar para mí. El muro que rodeaba mi espíritu comenzó a agrietarse. Tenía que salir de allí. ¿Sabéis esa sensación de que van a aflorar las lágrimas pero intentas reprimirlas y entonces miras hacia abajo, para que no te vean? Me levanté y me despedí de la forma más educada posible, alegando excusas ininteligibles.

El baño. Mi lugar favorito de la casa. Tiene, al contrario que mi habitación, pestillo. El pestillo me brinda intimidad. Sobre todo cuando tienes un hermano que nunca ha oído hablar “llamar antes de entrar”. Así pues, mi refugio. Allí me atrincheré y me senté, tal y como he hecho en alguna que otra ocasión similar, en el suelo con la espalda pegada a la pared. Pero se me olvidaban dos cosas: el grifo y la toalla. Suena a intento de suicidio ahora que lo pienso, pero tranquilos, no soy tan valiente. El grifo sirve para ahogar los gemidos de mi llorera. La toalla para tapar mi cara de vergüenza. Todo lo demás no sirve para nada.

Finalmente, mi muro se derrumba y siento como aquello que había ido acumulando desde el agosto anterior se abrían paso sin piedad entre los restos de mi fortaleza derruida.

Al principio es un llanto sordo, silencioso. Poco a poco se va violentando.

Qué asco me daba.



Es algo incontrolable. Los hipidos se apoderan de ti y se burlan mientras, en el momento de intentar acallarlos, te esquivan.



El grifo corría y, mientras, iba recordando uno a uno cada golpe, cada cardenal y cada insulto. Y el asco cambió de forma. Sólo sentía odio. Y empecé a imaginarme todo tipo de venganzas, muertes, torturas y demás sádicas satisfacciones. Y el odio amainó y volvieron a inundarme emociones, esta vez en forma de impotencia: ¿qué venganza? ¿A quién iba a torturar? ¿Asesinar? Madura idiota. Es inútil hacer nada.

Estoy más calmado. He dejado de comportarme como un crío y comienzo una nueva construcción; esta es provisional, hasta que pueda aferrarme a algo tan fuerte que me ayude a construir otra muralla. Por ahora bastará con algo de arcilla. ¿Aguantará? Espero que sí.

Me levanto y dejo la toalla en su sitio. Apago el grifo y me miro al espejo. Tengo los ojos completamente enrojecidos y resaltan su belleza esmeralda.


Me gustan mis ojos cuando están así. Pocas veces tengo la ocasión de verlos. Ya sabéis…


No me dejo.