viernes, 3 de abril de 2009

Alter ego

Corro y no miro hacia atrás. Solamente me observo en el espejo que tengo delante. Me veo sudar. Mis zancadas llevan un ritmo constante mientras la gente sube y baja de diferentes maquinas que comprenden la zona de cardiovascular & musculación del polideportivo Pradillo. Pero yo me ubico en otro lugar. Me desentiendo de toda esa actividad y durante media hora interminable dejo volar mi imaginación hacia los deseos más oscuros.

Me meto en la piel de otro yo. Un alter ego homicida. Una persona sin escrúpulos, sin corazón y sin moral. Sólo otro animal más en la jungla que nos rodea. Llevo un cuchillo. En todas mis fantasías llevo un cuchillo. Y en todas ellas me rodea una sensación indescriptible de placer. ¿Qué me está pasando? No lo sé, pero me gusta. Me gusta ver el miedo en las caras de las personas que completan mis quimeras. Me gusta ver sus ojos apagándose mientras sesgo sus vidas. Me gusta su dolor.

En muchas de ellas suele ser gente conocida. El novio ególatra de una mujer codiciada. El ex amante celoso y cargante de una amiga o incluso alguno de los guaperas del propio gimnasio que se pasan 2 horas musculando y luego se miran en cada uno de los espejos del complejo. Otras veces sólo estamos yo y un desconocido; un ser sin rostro al que generalmente veo como un drogodependiente suplicando para conseguir un pico o un mal nacido con el pelo pincho y varios pendientes, y con una voz adulterada por los efectos secundarios del speed y las pastillas; y disfruto…

Mi particular solución final. Liberar al mundo de aquellos que me repugnan y que gustoso les acercaría en su viaje al más allá. Aquellos a quienes no digiero.

La muerte me llama y me incita. Me susurra palabras tranquilizadoras al oído. Me necesita. Soy su mensajero. Yo siembro el miedo y ella recoge mi cosecha. Una obra maestra de muerte y destrucción. Cada uno de mis deseos es rico en sangre y desesperación. Es un cuadro de dolor. A ella le gusta. Y mi deber es hacer lo pertinente.

Les atravieso con diez centímetros de centelleante acero. Un escalofrío recorre mi espalda cuando escucho el gorgoteo de sus gargantas. Su sangre mana de forma sustancial. Les sujeto mientras les sustraigo la fuerza vital. Siento como se les escapa la vida entre los dedos y no pueden hacer nada. A veces les doy un beso en la mejilla. Otras simplemente les dejo inertes en el suelo y miro desde fuera mi silueta ensangrentada. Incluso algunas veces procuro tranquilizarles, convencerles de que lo mejor es dejarse llevar y sumergirse en el sueño eterno. Y yo sonrío. Sonrío con maldad. Y me sorprendo sonriéndome en el espejo mientras en el panel de la cinta reza “COOL DOWN” y baja el ritmo de forma automática. La sesión ha terminado. Estiro los músculos, me seco el sudor y me dispongo a ir a la ducha. Antes de entrar en el vestuario hecho un vistazo rápido en derredor.
Mañana vuelta a empezar.