lunes, 27 de abril de 2009

En lo más profundo...

Salgo del coche; respiro profunda y pausadamente. He llegado. Miro al edificio de viviendas que se erige frente a mí y, ansioso, busco el sexto piso entre la multitud de ventanas que forman la fachada. Ahí es donde te encuentras. Ahí es a donde me dirijo. Necesito llamar al telefonillo, pues el portal está cerrado y el conserje anda perdido en alguna de sus taras nocturnas.

Ya en el descansillo de la sexta planta busco tu puerta. Sobre ella, orgullosa y soberbia, la letra A vigila eternamente a aquellos que se adentran a través del umbral. No me amilana. Vengo resuelto a verte. Con paso decidido me acerco a ella y… vacilo. No puedo vacilar. Las lágrimas intentan amargar mi osadía pero me contengo. ¿Por qué iba a inquietarme sobremanera en ese instante? A veces las emociones surgen sin previo aviso, te acosan y te persiguen hasta que se desvanecen o hasta que son sustituidas por otras más intensas. La mía en este caso delega en una más intensa. Indescriptible. Sublime. Una ascensión de electricidad me invade y, haciendo acopio de autocontrol, llamo al timbre.

La puerta se abre y… no es ella.

Tranquilo amigo mío, tranquilo.

Me dirijo por el pasillo en busca del salón. Sé de forma segura que ella está en el salón. Me obligo a caminar lenta y parsimoniosamente. Encuentro el acceso al mismo y entro en escena. Busco con la mirada y allí está ella. Es preciosa. Lleva un pantalón de pijama y una camiseta. Nada de maquillaje. El pelo suelto y salvaje. Pero ella es preciosa. No necesita nada de eso para provocar lo que en mí se desata. Un caos de sentimientos.

Sus ojos negros derriten mi ser por entero. Cautivan mi persona. Incorrupto es el rostro que me abate. ¿Puede un ser tan casto doblegarme? Soledad y frustración fluían dentro de mí y acometían mi espíritu sin piedad. Hasta que la encontré. Ella es quietud, sosiego y descanso... Ella es tranquilidad.


Saludo con naturalidad, disimulando el torrente de sensaciones en mí yacentes. Me siento en un sillón libre y descanso. Transcurre la noche entre conversaciones llanas, juegos de cartas, risas y una televisión encendida con un canal de ¿música? sintonizado. Pero yo soy ajeno a todo ello. La miro... la observo y, cada vez que puedo, le robo una mirada, una sonrisa o un simple gesto. Guardo aquello objeto de hurto con recelo en lo más profundo de mi corazón. Ahí nunca nadie podrá quitarme nada.

Y de mí se apodera el gozo.

jueves, 16 de abril de 2009

Mientras Europa duerme...

Voy caminando por las calles de mi ciudad, Madrid: una ciudad de oportunidades, cosmopolita; llena de actividad y energía. Llena de risas de niños, de parejas cogidas de la mano, de taxistas furiosos; Llena de luz, de color…

Llena de inmigrantes.

La inmigración masiva es un cáncer. Estoy seguro de que ahora mismo me estáis comparando con Adolf Hitler. Claro, acabo de meter el dedo en una de las llagas de esta deprimente sociedad aletargada. La inmigración. Y claro, como buen tema tabú, es políticamente incorrecto. Es inmoral. Va en contra de la solidaridad, de la caridad, de la bondad y sobretodo de la tolerancia. Bueno ¿y qué? Es hora de acercarnos un poquito a la verdad que nuestros mandatarios han querido edulcorar. Abrid los ojos, estúpidos.

La emigración es un fenómeno natural que llevamos los hombres en la sangre. Se ha demostrado a lo largo de los siglos. Es un fenómeno resultado por un estado de necesidad que lleva al individuo a trasladarse de su lugar de nacimiento y residencia en busca de una situación económica y social más cómoda o, en casos de guerra o “caza de brujas”, en busca de un refugio y una protección. Eres emigrante de tu país e inmigrante del país huésped (por si alguien no lo sabía).

Todo país es consciente de la necesidad de inmigración. ¿Qué supone la inmigración? Supone, para empezar, mano de obra. Si. Mientras el nacional tiene la oportunidad de escalar peldaños hacia una clase media acomodada, el inmigrante hará el trabajo de la clase obrera. Mano de obra barata. Porque es barata. Pero ¿por qué entonces no se vuelven a su país? Es obvio: porque lo que aquí consideramos barato allí no lo es tanto. Hasta aquí ningún problema. Ni para el país huésped ni para el inmigrante. ¿Qué ocurre entonces? Que se da el llamado fenómeno de reagrupación, que consiste en que cada inmigrante legalizado reagrupa, es decir, reúne a su familia en el país huésped. Un ejemplo ayudará a entenderlo:

Wenceslao trabaja para una empresa de jardineros; cobra un salario normal de ayudante, está regularizado según las leyes de inmigración y está inscrito en la Seguridad Social. Wenceslao, al ser consciente de que su situación ya es estable, considera oportuno llamar a su mujer y a sus hijos y, si me apura, a su madre a reunirse con él en un país donde tiene más oportunidades y dónde no es tan difícil escapar de la pobreza. Enternecedor. Comienza la inmigración masiva, pero no termina.

¿Y por qué no termina? Particularmente en España gracias a la regulación masiva del ministro Caldera, del Gobierno de Zapatero. No me gustaría meterme en asuntos políticos (pues los considero basura a todos los integrantes de ese fantástico club social llamado política), pero esa regulación masiva es un claro ejemplo de cómo envenenar a un país.

Regulación masiva --> Reagrupación familiar masiva. Bravo Señor Caldera.

Situación final: Nuestro querido amigo Wenceslao está asentado en su casa de alquiler; todo correcto: trabaja, se gana el pan de cada día y procura mantener a su familia; además ha decidido sacarse la doble nacionalidad. Mientras, la mujer trabaja de servicio doméstico en una casa, la pagan en dinero negro y no cotiza en la Seguridad Social; mientras tanto, va haciendo su papeleo. Dentro de unos años será regularizada como lo fue su esposo. Los niños tampoco cotizan en la Seguridad Social. La madre… etc.

Pero con el trabajo reconocido de uno se benefician todos de algo que paga el contribuyente traducido en forma de sanidad y educación gratuita entre otras ventajas. Sí, eso se paga con dinero público. Y si, ese dinero público proviene del contribuyente. Gracias.


Que emigren unos cuantos no es problema. El problema es que emigren TODOS. Claramente hay un gran problema en vuestro país: sistema ineficiente empujado por corruptos y mentirosos (casi como aqui, pero menos discreto). Y si seguís huyendo en la vida lo vais a solventar y vuestros países seguirán siendo pobres y prostituidos por siempre jamás.

Y por si fuera poco, más que traer mano de obra, y esto que digo a continuación está estadisticamente comprobado, lo que traen es más delincuencia. El 60% de los delincuentes menores de edad, por poner un ejemplo, son extranjeros (inmigrantes).


La inmigración es necesaria, pero en su justa medida, pues como todo en exceso, es malo.
Pero esto solamente ocurre en España. Pero ¿y en el resto de Europa? En el resto de Europa es peor. Estamos infectados por todo tipo de pobladores tercermundistas provenientes de África.


Y lo que es peor: estamos siendo invadidos por escoria islamista.


Vayamos por partes.

Los cayucos que desembarcan en España lo hacen aquí por ser las puertas del viejo continente, no por nada en especial. Los negros (¿aún se acepta esta denominación a las gentes de color?) procedentes de todos los rincones del continente más rico en recursos del mundo únicamente están en España de paso. Ellos suben a Francia. Asique de ahí no tenemos ningún problema. Bueno, tenemos un par: custodiar y deportar como primer problema; como segundo: recoger sus cadáveres hinchados por el calor y la humedad.


El hecho de que pasen a Francia es comprensible: el idioma. La mayoría de estas personas dominan el francés como lengua natal, pues son originarios de países de habla francófona. Esto es un derivado de la época de las colonias. Entonces ¿qué? ¿No es nuestro problema? Pues qué queréis que os diga, pero para mí, por lo menos para mí, Francia sigue perteneciendo a Europa.

El islam. La eterna epidemia.

Sus integrantes son como bacterias intentándose hacer con el control total de las civilizaciones. Poco a poco van infiltrando pequeños reductos en el mundo occidental que van creciendo cada vez más hasta constituir verdaderos guetos (véanse Francia, Holanda, Bélgica…). Esa es la realidad. La realidad es que dejamos que, por miedo a la represión por parte de la neoliberal opinión pública, campen a sus anchas por un mundo que no es el suyo. Y no porque yo diga que no es suyo. Sino porque ellos mismos así lo consideran. Sus imanes claman a los cuatro vientos el derrocamiento de los gobiernos occidentales y piden de forma ferviente las cabezas de “los perros infieles” en bandejas de plata.





Sus manifiestos han sido alterados por sus mandatarios para catequizar y enfurecer a sus masas. Así consiguen que estos vengan guiados por el afán de conquistar pequeñas partes de nuestro mundo asentándose así en un lugar ajeno al suyo originario, ocupando un puesto de trabajo que debería estar vacante y libre a disposición de un autóctono y, sobre todo, imponiendo su religión y sus directrices que obligan a edificar templos de culto...

Sus escritos, entre otros versos recogidos del Corán, ¿incitan? ¡No! ¡Obligan a luchar contra aquellos que impidan la expansión del islam! ¡Obligan a lo que ellos llaman yihad, a la lucha!





Y mientras nosotros les acogemos con los brazos abiertos ellos afilan sus cuchillos para ensartarnos de parte a parte en cuanto les den la señal. Estamos en un estado de sopor continuado. No despertamos de nuestros sueños felices sobre un mundo en paz y armonía cuando un poco más al este de donde nos encontramos entrenan milicias dispuestas al combate, dispuestas al suicidio o sacrificio y dispuestas a degollar rehenes enfrente de una cámara de televisión para más tarde darse propaganda como si de un anuncio de Coca Cola se tratara. Son unos pocos diréis, unos pocos radicales. ¿También fueron unos pocos radicales aquellos que asaltaron la embajada de Dinamarca en un país árabe cuando se publicaron aquellas caricaturas? ¿Y los que quemaron las banderas? ¿Y todos los demás altercados que hubo, que ni su policía rechazó? Ahí es donde se ve su verdadera naturaleza. Y seguimos estando ciegos. Rectifico: seguís estando ciegos.

¿Y que ocurre cuando se meten con el Dios de occidente o queman nuestras banderas y las pisotean? No ocurre nada. ¿Por qué? Porque somos unos cobardes. Estamos influidos por el racismo positivo que impera en nuestra sociedad. Dicen que, en teoría, el hombre blanco es el hacedor de todos los males que han asolado sus civilizaciones y ¿por esta razon debemos sentirnos culpables y tolerar sus comportamientos? El tiempo pasa y de paso cura. Yo me siento orgulloso (y qúe persona normal no lo estaría) de que mi nación haya conquistado territorios antaño y, es más, me siento orgulloso de que una vez fuera mi tierra Europa la que domino el mundo en su totalidad.

A la par de que ellos hacen los que les viene en gana, nosotros, bajo el yugo de una tolerancia radical, bajo el imperio del racismo positivo, tenemos que sentirnos culpables de su situación y permitirles todos sus comportamientos.


Si Dios quiere esto os ayudará a recuperar vuestra razón y después de verlo, preguntaos por qué tan poca repercusión mediática ante un tema que, siendo el caso contrario, hubiese movilizado hasta la ONU. Disfrutadlo:

http://www.liveleak.com/view?i=d1c_1239034565

Por último exponer que el problema va más allá. En España estamos entre la primera y la segunda generación de inmigrantes (y dentro de poco, no lo olivdemos, habrá más y más musulmanes). El problema está en cuando acabemos como en Francia: generaciones tercera y cuarta de inmigrantes; los hijos y nietos de aquellos que emigraron. Los que ya están más que cuajados. A esos ya no se les puede mover. Son como la mala hierba. Y en España sucederá lo mismo. ¿No te lo crees? Sal a dar un paseo.


(El título del tema es también el título de un libro referente a la inmigración en Europa y a todo el tema tratado en general visto, si no me equivoco, desde el punto de vista de un escritor estadounidense, Bruce Bawer, residente en Europa desde 1998. Probablemente su libro trate de manera más clara, más documentada y no tan exaltada este tema. Yo por mi parte pienso leérmelo y os animo a que lo hagáis.)


¡DESPERTA FERRO!
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viernes, 3 de abril de 2009

Alter ego

Corro y no miro hacia atrás. Solamente me observo en el espejo que tengo delante. Me veo sudar. Mis zancadas llevan un ritmo constante mientras la gente sube y baja de diferentes maquinas que comprenden la zona de cardiovascular & musculación del polideportivo Pradillo. Pero yo me ubico en otro lugar. Me desentiendo de toda esa actividad y durante media hora interminable dejo volar mi imaginación hacia los deseos más oscuros.

Me meto en la piel de otro yo. Un alter ego homicida. Una persona sin escrúpulos, sin corazón y sin moral. Sólo otro animal más en la jungla que nos rodea. Llevo un cuchillo. En todas mis fantasías llevo un cuchillo. Y en todas ellas me rodea una sensación indescriptible de placer. ¿Qué me está pasando? No lo sé, pero me gusta. Me gusta ver el miedo en las caras de las personas que completan mis quimeras. Me gusta ver sus ojos apagándose mientras sesgo sus vidas. Me gusta su dolor.

En muchas de ellas suele ser gente conocida. El novio ególatra de una mujer codiciada. El ex amante celoso y cargante de una amiga o incluso alguno de los guaperas del propio gimnasio que se pasan 2 horas musculando y luego se miran en cada uno de los espejos del complejo. Otras veces sólo estamos yo y un desconocido; un ser sin rostro al que generalmente veo como un drogodependiente suplicando para conseguir un pico o un mal nacido con el pelo pincho y varios pendientes, y con una voz adulterada por los efectos secundarios del speed y las pastillas; y disfruto…

Mi particular solución final. Liberar al mundo de aquellos que me repugnan y que gustoso les acercaría en su viaje al más allá. Aquellos a quienes no digiero.

La muerte me llama y me incita. Me susurra palabras tranquilizadoras al oído. Me necesita. Soy su mensajero. Yo siembro el miedo y ella recoge mi cosecha. Una obra maestra de muerte y destrucción. Cada uno de mis deseos es rico en sangre y desesperación. Es un cuadro de dolor. A ella le gusta. Y mi deber es hacer lo pertinente.

Les atravieso con diez centímetros de centelleante acero. Un escalofrío recorre mi espalda cuando escucho el gorgoteo de sus gargantas. Su sangre mana de forma sustancial. Les sujeto mientras les sustraigo la fuerza vital. Siento como se les escapa la vida entre los dedos y no pueden hacer nada. A veces les doy un beso en la mejilla. Otras simplemente les dejo inertes en el suelo y miro desde fuera mi silueta ensangrentada. Incluso algunas veces procuro tranquilizarles, convencerles de que lo mejor es dejarse llevar y sumergirse en el sueño eterno. Y yo sonrío. Sonrío con maldad. Y me sorprendo sonriéndome en el espejo mientras en el panel de la cinta reza “COOL DOWN” y baja el ritmo de forma automática. La sesión ha terminado. Estiro los músculos, me seco el sudor y me dispongo a ir a la ducha. Antes de entrar en el vestuario hecho un vistazo rápido en derredor.
Mañana vuelta a empezar.