jueves, 25 de diciembre de 2008

Feliz Navidad


La Navidad proviene de la palabra natividad y ésta, a su vez, de la palabra nacimiento (por el nacimiento de Cristo). Se celebra la Navidad en Diciembre porque antiguamente por estas fechas se celebraba el solsticio de invierno (el día más corto del año). No le veo mucho sentido. Así como tampoco le veo el sentido a estas fechas tan… ¿señaladas? No os alarméis, simplemente voy a desahogarme un poco.

La mitad de la población no es cristiana: ateos, agnósticos, musulmanes, judíos, científicos… La otra mitad sí. De la mitad de nosotros que nos consideramos católicos, la mitad no practican, no van a misa y sólo rezan para pedir en contadas ocasiones (un familiar moribundo, un aprobado, un aumento de sueldo, una absolución de condena) y la otra mitad pide también, pero con la diferencia de que a veces dan gracias y de vez en cuando van a misa, sin contar con que muchos de estos últimos desprecian al prójimo por razón de clase, sexo o religión (o no-religión).

Partiendo de esta base, en la que nos encontramos de todo salvo un porcentaje muy bajo de personas decentes, comienzo pues a ilustraros con mi humilde, pero no por ello pobre, opinión.

Me inquieta la hipocresía. Vuestra hipocresía. Mi hipocresía. ¿Cuántos de nosotros no dejamos de atacar a la Iglesia a lo largo del año? ¿Cuántos de nosotros nos reímos de curas, religión, creencias “absurdas” producto del miedo, etc.? ¿Cuántos de nosotros celebramos la Navidad, brindamos en Nochebuena y no pisamos una Iglesia desde hace tiempo? Yo os responderé: pues la gran mayoría. Entonces, hipócritas, ¿cuántos de vosotros celebráis la Navidad y, sin embargo, os la tomáis a la ligera, sin pensar siquiera que es gracias a Dios que te han dado vacaciones en el curro, en la universidad o en el colegio?

Y por encima de todo, destaca que estas son las mejores fechas para echar unos cuantos llantos, acordándonos de aquellos que ya no están, de que tu familia está rota, de que tu madre no se habla con su familia y de que tus abuelos están en profunda depresión y no quieren que les vayas a visitar (aunque tú, con paciencia divina, te plantas ahí y escuchas sus interminables penurias con una puta sonrisa de oreja a oreja cuya manutención no te han pagado). De puta madre, son las fechas idóneas para ¿fiesta?, ¿sonrisas?, ¿brindis? Joder, si hasta el clima está en contra y hace un frío del copón, que la mitad acabamos en cama con anginas…

Aún hay más: todo es musiquita de mierda. En los grandes almacenes, en el mercado, en la calle, en la radio: todo son asquerosos villancicos cantados por niños “felices” a los que llegada su pre-adolescencia serían objeto de mutilación para preservar su aguda voz y poder seguir siendo fuente de ingresos para unos padres degenerados (esto último contiene un porcentaje de invención un poco elevado). Y ponen villancicos mientras te estás dejando dos sueldos en comprar regalos para toda la familia, quizás así piensen los del departamento de marketing del Corte Inglés que te duele menos gastar…o a lo mejor es otra de muchas tantas contradicciones que existen en el mundo, que es escuchar un cántico religioso mientras alimentas el gran árbol del consumismo y el materialismo.

En fin, creo que debería encontrar la raíz de este resquemor que tengo contra estas fechas. Quizás debería ir a un psicólogo o para futuras ocasiones explicarme mejor. No sé. Quizás debería dejar de ir a misa y hacer como la mayoría de vosotros, quizás así comprenda y no me moleste tanto. O puedo seguir fiel a mis creencias e ideales. No sé, lo del psicólogo no suena mal.
Feliz Navidad.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

En la noche...

El silencio de la noche se vio interrumpido por el tenue rasgar de las hojas. Pisadas lentas y cautelosas, acechantes. En el bosque todos sabían de ella. La única criatura tan pura que el simple mirar de sus ojos producía llanto y locura. Caminaba lenta y pausadamente. No debía hacer esperar a su amada. Allí la llamaría y ella acudiría. Allí se besarían. Remontó hacia la cumbre más alta. Su piel blanca como el hielo ártico contrastaba con la oscuridad de la noche. El aurea que destilaba se mezclaba con la ansiedad del momento: era noche de Luna llena.

Aullido...


El Lobo y la Luna se fundieron en uno solo. Sucedió un beso capaz de salvaguardar el silencio de una llanura y de helar las llamas de una hoguera destinadas a quemar su corazón maltrecho de soledad. El tiempo se paró y el viento se debilitó. Solos él y ella. Concluyó su aullido y miró al cielo. Una mirada sincera enfocó al firmamento y la volvió a encontrar.


Aullido...


Y así, durante la larga noche invernal, con la helada de la más brillante madrugada, Luna y Lobo compartieron su anhelado momento.


Cabizbajo regresó a su hogar…dentro de un mes volvería. Mientras, la incomprensión y el miedo a lo desconocido por parte de instintos ajenos, le devolverían a la eterna soledad.


Pero él apreciaba la espera.