jueves, 6 de noviembre de 2008

En el metro...

El sonido del i-pod acompaña mis pasos. Mi caminar es acompasado. Bajo las escaleras y llego a los tornos. En un lateral, apoyado en la pared, se encuentra el vigilante de seguridad que, por lo menos de vista, ya me conoce. Es negro como el ónice y tiene la mirada triste. Yo, como todos los días, paso de largo. Para mi representa un adorno del metro. Mientras pienso esto me doy cuenta de que hablo de una persona como si fuera un jarrón. Entonces llego al andén. Las mismas caras de asquerosa amargura, gente desganada que se lamenta de sus vidas sin ponerse a pensar en los grandes males que acechan cada día. La misma monotonía de siempre. Y mientras busco un sitio libre donde sentarme miro los carteles de publicidad.

“No al maltrato”

Y seguidamente:

“Prueba la nueva hamburguesa Cheesse&Onion de…”

Y entonces me pongo a pensar. La sociedad y el maltrato. La ley y el maltrato. El maltrato y el McDonald’s. Me apetece una hamburguesa. No he desayunado.

Estupendo. Lo han vuelto a conseguir. Primero se blindan contra aquel que diga que no se ocupan de los problemas de esta sociedad y luego te llenan la cabeza de basura comercial, para que en tu cerebro no quepa nada más, sólo banalidades que no van más allá de lo simplista.


Pues bien, conmigo no podéis. Y me pregunto:

¿Qué es más fácil? ¿Mantener a un pueblo “doblegado” o educado? Educado, por supuesto que no. Si educas al pueblo te sale caro. Pues ni tú, neo-cacique de ciudad, ni tus compañeros de escaño, sacaréis tajada. Si yo educo a mi pueblo en la no delincuencia, en los valores de la ética y la “mores maiorum” (moral), en la valentía y en el honor, no me enriquezco. ¿Por qué? Porque cuesta dinero. Si yo educo a mi pueblo en todas las virtudes que, centrándonos en lo que aquí atañe, hacen que un hombre sea verdaderamente un hombre, le haré entender que lo fácil es levantar la mano y lo difícil llevar a cabo un diálogo; es más, le haré ver que lo que verdaderamente llena al ser humano son los retos difíciles: le invitaré a dialogar y, él, aceptara. Pero llegan nuestros dirigentes, elegidos por vosotros, que no por mí, creando unas leyes que atentan contra las garantías jurisdiccional, penal y criminal que se recogen en el principio de legalidad de Derecho Penal. Crean la Ley de Violencia de Género, recogida en el artículo 153 del Código Penal. Crean un monstruo.

Una ley creada por la presión de la realidad social, un intento de situar un cristal cromado entre el problema y los órganos competentes para darle solución. Una ley creada a partir de la convicción de ganarse el voto electoral por parte del sector feminista. Una ley liberticida que viola el artículo 14 de la Constitución, donde dice y cito “…todos son iguales ante la ley sin distinción de sexo, raza, edad o condición social”.

Para aquellos que no lo sepan, la ley de violencia doméstica, sólo protege a la mujer. Es decir, que el sujeto pasivo, la víctima, sólo puede ser una mujer y, el sujeto activo, el transgresor del bien jurídico que es la salud, sólo puede ser un hombre. Perfecto. Para empezar, lo de doméstico está mal dicho: doméstico viene de domo, domo viene de domus. El domus en latín significaba la casa. ¿Y si yo acuchillo a mi ex-novia, que vive con sus padres todavía, en un bar? La ley también lo prevé como violencia doméstica. O de género, que si se piensa bien, también está mal dicho. De género femenino sería la forma correcta. Ni para eso, nuestros escribas y legisladores tienen la cabeza suficientemente fría.

Para seguir, ¿dónde está la famosa presunción de inocencia que tantas bocas de juristas viene llenando desde que existe la democracia? Claro, es que sobre papel todo es tan bonito… huelga decir, que por mi parte, condeno la violencia que pueda ejercer un hombre sobre una mujer, atendiendo a su superioridad en cuanto a poder físico.

¿Y qué sucede con los hombres maltratados por su mujer? El maltrato no tiene que ser necesariamente físico, a veces, la destrucción psicológica de la persona es más cruel. Machacar a una persona mentalmente y de forma constante puede inducir al suicidio. Pero eso no interesa.



Después de esta pequeña tésis llegamos a alguna conclusión: nosotros, el pueblo, vivimos bajo el yugo de los que a su merced hacen girar el mundo cual niño con su peonza. ¿Por qué una conclusión tan drástica? Porque es verdad. Porque esta Ley es sólo un ejemplo más de lo que vivimos. ¿Y qué vivimos? Vivimos una mentira. Somos ovejitas que, engañadas por el pastor, pensando que nos llevan a pastar como todos los días, nos conducen al matadero para poder fabricar de nosotros cualquier cosa que ELLOS QUIERAN. Somos sus instrumentos. Unos utilizan a las víctimas del terrorismo para su propia campaña, otros a los gays, otros guerras pasadas, otros a las madres solteras, y así, suma y sigue, hasta el fín de los tiempos.

Porque si la mitad de los viajeros del metro usasen la cabeza como yo he hecho, entonces seríamos más resistentes y no nos dejaríamos seducir por promesas de verdes pastos en praderas pirenáicas y seríamos capaces de meditar, con independencia de aquello que quieran cosechar en ese lugar, en teoría impenetrable, que es nuestra mente; nuestro particular mundo de las ideas.

La cuestión es que aún no ha llegado el metro, y yo todavía aquí…con ganas de irme al McDonald’s.

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