martes, 11 de noviembre de 2008

Cita

"Empieza de una vez a ser quien eres, en vez de calcular quien serás."
Franz Kafka (1883 - 1924)

lunes, 10 de noviembre de 2008

Dejadme escribir (soneto)


Rara vez me someto a tal dilema
de cantaros en verso lo que siento,
ya que de esta forma a los grandes tiento
a compartir su arte con un poema.


A lo lejos percibo aquel fonema
que describe a la figura del viento,
que elucubra en cada disentimiento
para por tierra desechar mi esquema.


¡Déjame brindar por esta elegía!
Y no amargues el vino que aquí ofrezco
pues los versos erigen poesía.


Y humilde y sátiro me compadezco
de aquel que con burla y capa sonría
pues bien sé lo que orgulloso merezco.

Vida y Obra (II)

He leído así por encima el capítulo anterior, por llamarlo de algún modo, y me he fijado en que relato como el culo. Es más, me centro en un simple suceso como es el pobre intento de asesinato que perpetré con 8 años por un sucio columpio de parque y de ahí no salgo excepto para humillarme un poquito más con el tema de mi obesidad (mórbida según el pediatra, por cierto). Pero corregiré esto. He aquí aquello que faltaba: mi hermano mayor era un cabrón.

Probablemente todos los hermanos mayores, hasta los 16 años que cumplen sus víctimas, son unos cabrones. Bueno, el mío a mis 15 años estaba en Inglaterra estudiando y viviendo, asique supongo que fue un cabrón sólo hasta los catorce. Pura física: si no estaba... El cabroncete se aliaba con todo familiar existente con ganas de putear y conseguía sus objetivos de manera óptima. Se reía (y aún lo hace) de la desgracia ajena. Bueno, a decir verdad creo que todos tenemos un poco de esa mentalidad. Creo que es la sangre ibérica que, mezclada con la de los moros de cuando nos conquistaron, allá por el cuatrocientos y pico, crea una reacción bastante efervescente de la cual salimos nosotros mil y pico años después. Todavía no está demostrado, quizás me ponga a ello.

El caso es que mi primer recuerdo de lo cabrón que era mi hermano viene de cuando yo era pequeñito y me dedicaba a trepar por lo sofás del cuarto de la tele. Una calurosa tarde de verano estaba yo con mi cochecito tan contento por el sofá cuando se me cayó por detrás, entre el respaldo y la pared. Fijaos que vago era yo que intenté cogerlo desde arriba y claro, tan bajito que era no llegaba. Pero yo ahí, erre que erre, creyéndome Mr. Fantástico (el de los 4, el que se estiraba) y claro, la ostia fue sublime. Entonces te esperas que tu hermano mayor, en un alarde de valentía y destreza, trepe por el sofá, te alargue la mano y con cara de Conan te diga: “coge mi mano, yo te salvaré”. Mucha fe ostentaba yo por aquel entonces: mi llanto se mezcló con sus carcajadas.


Pero era peor cuando se aliaba con algún familiar ya sea primo o abuelo. Bien, aquí tengo que aclarar que no es que mi hermano fuese muy retorcido, sino que los retorcidos eran aquellos que le coaccionaban a pincharme vez tras vez; mi abuelo paterno en especial, al que nunca tendré especial cariño. Me cogían y ambos se empezaban a meter conmigo. A mi querido abuelo le encantaba la jardinería. El vivía, y vive, en un piso dúplex con un torreón inmenso con mogollón de plantitas y mariconadas varias. Mi venganza fue terrible. Después de tanto tiempo intimidado, saqué fuerzas de mi interior, y me cargué su pluviómetro. Que te jodan abuelo. Todavía me regodeo cuando pienso en la cara de estúpido que se te quedó.

Nunca lo olvidaré. Fue como si le hubiese fulminado un rayo en el mismo instante en que el instrumento de “nosecuantas” mil pesetas se hizo añicos y desperdigó cristalitos por todo el suelo. Su rostro fue cambiando desde la marcada carcajada pendenciera que hasta ese mismo momento lucía hasta el gesto más sandio que podía llegar a aflorar entre sus facciones. Sandio significa necio, para el que no lo sepa. Pues bien, esto me llena ahora. En ese momento yo me encontré aturdido. Me fui corriendo. La rabia me había vuelto a cegar y hacía cosas de forma impulsiva. Comía impulsivamente, bebía impulsivamente y puteaba a mi abuelo impulsivamente. Digo puteaba porque la cosa no acabó ahí. Por supuesto que no.

En su escalera, la que unía el dúplex, se hallaban unas borlas doradas y plateadas bastante caras, sobresalientes en los extremos de la barandilla. Mi padre se proclamó culpable para protegerme. Me daba igual, porque ellos saben que fui yo. Por todas las veces que me llamaron mimado; por las veces que se metían con mi madre cuando no estaba delante y por todas las personas a las que han hecho la vida imposible. A tomar por el culo las borlitas de los cojones. Mi inconsciente segregó una ola de placer dentro de mi ser cuando escuché el CRACK de los lujosos adornos al quebrarse. Que bonito recuerdo. Gracias a esto, soy el único de los primos que le echa huevos cuando mi abuelo se enfada. A los demás siempre les faltó ponerse de rodillas y llevar a cabo una sutil felación, a ver a quién tocaba más herencia. Alimañas…
Las putadas varias iban y venían según aparecían las oportunidades: si nos prohibía encender una luz, la encendía. Si nos prohibía tocar su bici aerostática, hacía 5 kilómetros en ella, con suerte jodería los pedales. Si nos decía que apagásemos el ladrón de la tele y el vídeo con la mano (el botoncito naranja de estos ladrones alargados…) y no con el pie, pues lo apagaba con el pie. De hecho aún lo hago. Creo que todavía se piensan que se rompen por culpa de la humedad que trae consigo una vivienda próxima al mar (viven en Mallorca),¡cuánta inocencia que hay por el mundo! Me la trae al viento, la verdad.


Queridos lectores (si es que hay alguno), me satisface comentaros que me he desahogado profundamente. Gracias.


Pues bien, la relación con mi querido hermano fue evolucionando, casi como los pokemon. Al principio nos tirábamos de los pelos o nos hacíamos burlas. Más adelante las cosas terminaban ostia limpia. Así siguió la cosa hasta llegar a un punto de tal madurez en el cual concluimos que, ni él me iba a abrir la cabeza por jugar a la consola, ni yo le iba a acuchillar a él por un trozo de sandía o por media hora más en el ordenador. Empezamos a comprender aquello de la civilización y la erradicación por parte de nuestra sociedad de la venganza privada y la Ley del Talión (la de “ojo por ojo…”), y decidimos seguir su ejemplo.


Me fastidia tener que dar marcha atrás en estos episodios tan bonitos que estoy escribiendo pero esto era algo fundamental. En el próximo capítulo espero darle algo más de cuerpo a estas historias, pues creo que me he estancado en mi dulce niñez…algún trauma tendría. No sé, cuando muera se lo pregunto a Dios.


Bueno, como no voy a dejar esto aquí, procederé a hablaros de las mascotas que tuve en esa época, todas ellas muertas, creo. La cosa empezó con Papá Noel; el amigo se sacó de la manga un periquito. Le llamamos Perico: la televisión había nos había limitado la imaginación, como podréis observar. Como supusimos que se sentiría solo, compramos una hembra periquito: Perica. Toma ya. Nos llamaban la familia original.

Al parecer, surgió entre nosotros una especie de fetichismo enfocado a los periquitos y sin comerlo ni beberlo, compramos cuatro más de golpe. Perfecto. Cuatro pajaritos en una jaula de dos. Por si no andaban lo bastante desquiciados por aquello de estar encerrados en cautividad de por vida, encima les apretujamos, como si fueran inmigrantes.

Y llegaron las tortugas. Si no era suficiente soportar el olor de 6 pájaros, que como todos los pájaros, duermen, beben agua, pían y sobretodo...cagan, pues súmale dos tortugas. Y porque no nos dio por comprar un cocodrilo, porque a ese paso...Aún así todo se amainó al cabo de un breve periodo tiempo, ya que, como en todas las casas donde conozco que han existido tortugas en forma de mascota, estas no duraban más de dos semanas. Desgraciadamente, no vienen con manual de instrucciones. Y desgraciadamente también, los niños tenemos una rara manía de probar “a ver qué pasa si" se ponen patas arriba. ¿Qué pasa? que se quedan boca a arriba. No es tan misterioso. Pero claro, si en vez de darles la vuelta de nuevo, como un buen macho alfa, te vas corriendo cuando escuchas que los anuncios de los dibujos animados han acabado, pues se mueren. Normal.

Las tortugas no resultaron ser tan graciosas como cuando las compramos así que, después de muertas, no volvimos a pensar en tortugas. Entonces vinieron los peces. Los bonitos pececitos de colores. Eran perceptibles cuando la pecera no estaba hasta el culo de comida por razón de algún ser incompetente que si fuera por él, les hubiese metido un pollo asado o algo a la hora de comer. Ese ser incompetente era yo. Debía de pensar que así crecería fuertes y sanos. No contemple la posibilidad de que cada dos por tres se atascase el filtro del agua y provocase que la pecera se convirtiese en una especie de estanque verdoso por el que flotaba comida...y algún que otro pez.

Así acabaron los peces. Con sobrealimentación y lepra (esto último sólo es una suposición).

Llegó Sandy. Una perrita Bóxer de raza pura. Originaria de Túnez. Mi tío estaba destinado allí y se la compró y como le iban a destinar a Dinamarca más tarde, un lugar frío donde una perrita criada bajo el calor de un sol africano lo pasaría fatal, decidieron regalárnosla. Era bastante buena con nosotros, hay que reconocerlo. Pero sólo con nosotros. Estaba loca. Si la sacabas a la calle se quería pegar con todos, ya fueran perros o personas. No había nadie a salvo. Teníamos que sacarla entre dos y con bozal. Pero seguía siendo un solete...¡que recuerdos!


Cuando estuvimos mi hermano mayor y yo en Inglaterra, curiosamente mis padres la "regalaron" (mi madre estaba embarazada del pequeño y era peligroso, ¡que poco corazón!). Pongo regalaron entre comillas porque si se piensa bien no concuerda: tengo una perra loca y se la regalo a una familia que vive en una finca en la sierra donde la perra podrá correr. Por cierto que la familia tenía un niño de 3 años, toma pedazo de guinda para el pastel. Pues una de dos: o la familia estaba muy loca para adoptar a una perra esquizofrénica o la finca, y la familia, y aquellos verdes prados por donde correr era todo en sentido figurado y lo que querían decir en verdad es que, tras una inyección letal, mi perrita pasó a correr por los verdes prados del más allá. Nunca quise volver a preguntar sobre este tema, prefiero vivir engañado.

Y por fin nace mi hermano pequeño. Mi preferido. Entre el mayor y yo le hemos moldeado a placer. Disciplina, obediencia 1, obediencia 2, adiestramiento deportivo, etc. Es la mascota ejemplar. Todavía vive ¡y espero que viva muchos años más! Además que le quiero un huevo ¿eh?

Y por último Link (mi actual perro); pero este vino hace poco, asique hablaremos de el más adelante.

Espero que la siguiente entrada sea de vuestro agrado, porque de esta no espero nada, la verdad.


jueves, 6 de noviembre de 2008

En el metro...

El sonido del i-pod acompaña mis pasos. Mi caminar es acompasado. Bajo las escaleras y llego a los tornos. En un lateral, apoyado en la pared, se encuentra el vigilante de seguridad que, por lo menos de vista, ya me conoce. Es negro como el ónice y tiene la mirada triste. Yo, como todos los días, paso de largo. Para mi representa un adorno del metro. Mientras pienso esto me doy cuenta de que hablo de una persona como si fuera un jarrón. Entonces llego al andén. Las mismas caras de asquerosa amargura, gente desganada que se lamenta de sus vidas sin ponerse a pensar en los grandes males que acechan cada día. La misma monotonía de siempre. Y mientras busco un sitio libre donde sentarme miro los carteles de publicidad.

“No al maltrato”

Y seguidamente:

“Prueba la nueva hamburguesa Cheesse&Onion de…”

Y entonces me pongo a pensar. La sociedad y el maltrato. La ley y el maltrato. El maltrato y el McDonald’s. Me apetece una hamburguesa. No he desayunado.

Estupendo. Lo han vuelto a conseguir. Primero se blindan contra aquel que diga que no se ocupan de los problemas de esta sociedad y luego te llenan la cabeza de basura comercial, para que en tu cerebro no quepa nada más, sólo banalidades que no van más allá de lo simplista.


Pues bien, conmigo no podéis. Y me pregunto:

¿Qué es más fácil? ¿Mantener a un pueblo “doblegado” o educado? Educado, por supuesto que no. Si educas al pueblo te sale caro. Pues ni tú, neo-cacique de ciudad, ni tus compañeros de escaño, sacaréis tajada. Si yo educo a mi pueblo en la no delincuencia, en los valores de la ética y la “mores maiorum” (moral), en la valentía y en el honor, no me enriquezco. ¿Por qué? Porque cuesta dinero. Si yo educo a mi pueblo en todas las virtudes que, centrándonos en lo que aquí atañe, hacen que un hombre sea verdaderamente un hombre, le haré entender que lo fácil es levantar la mano y lo difícil llevar a cabo un diálogo; es más, le haré ver que lo que verdaderamente llena al ser humano son los retos difíciles: le invitaré a dialogar y, él, aceptara. Pero llegan nuestros dirigentes, elegidos por vosotros, que no por mí, creando unas leyes que atentan contra las garantías jurisdiccional, penal y criminal que se recogen en el principio de legalidad de Derecho Penal. Crean la Ley de Violencia de Género, recogida en el artículo 153 del Código Penal. Crean un monstruo.

Una ley creada por la presión de la realidad social, un intento de situar un cristal cromado entre el problema y los órganos competentes para darle solución. Una ley creada a partir de la convicción de ganarse el voto electoral por parte del sector feminista. Una ley liberticida que viola el artículo 14 de la Constitución, donde dice y cito “…todos son iguales ante la ley sin distinción de sexo, raza, edad o condición social”.

Para aquellos que no lo sepan, la ley de violencia doméstica, sólo protege a la mujer. Es decir, que el sujeto pasivo, la víctima, sólo puede ser una mujer y, el sujeto activo, el transgresor del bien jurídico que es la salud, sólo puede ser un hombre. Perfecto. Para empezar, lo de doméstico está mal dicho: doméstico viene de domo, domo viene de domus. El domus en latín significaba la casa. ¿Y si yo acuchillo a mi ex-novia, que vive con sus padres todavía, en un bar? La ley también lo prevé como violencia doméstica. O de género, que si se piensa bien, también está mal dicho. De género femenino sería la forma correcta. Ni para eso, nuestros escribas y legisladores tienen la cabeza suficientemente fría.

Para seguir, ¿dónde está la famosa presunción de inocencia que tantas bocas de juristas viene llenando desde que existe la democracia? Claro, es que sobre papel todo es tan bonito… huelga decir, que por mi parte, condeno la violencia que pueda ejercer un hombre sobre una mujer, atendiendo a su superioridad en cuanto a poder físico.

¿Y qué sucede con los hombres maltratados por su mujer? El maltrato no tiene que ser necesariamente físico, a veces, la destrucción psicológica de la persona es más cruel. Machacar a una persona mentalmente y de forma constante puede inducir al suicidio. Pero eso no interesa.



Después de esta pequeña tésis llegamos a alguna conclusión: nosotros, el pueblo, vivimos bajo el yugo de los que a su merced hacen girar el mundo cual niño con su peonza. ¿Por qué una conclusión tan drástica? Porque es verdad. Porque esta Ley es sólo un ejemplo más de lo que vivimos. ¿Y qué vivimos? Vivimos una mentira. Somos ovejitas que, engañadas por el pastor, pensando que nos llevan a pastar como todos los días, nos conducen al matadero para poder fabricar de nosotros cualquier cosa que ELLOS QUIERAN. Somos sus instrumentos. Unos utilizan a las víctimas del terrorismo para su propia campaña, otros a los gays, otros guerras pasadas, otros a las madres solteras, y así, suma y sigue, hasta el fín de los tiempos.

Porque si la mitad de los viajeros del metro usasen la cabeza como yo he hecho, entonces seríamos más resistentes y no nos dejaríamos seducir por promesas de verdes pastos en praderas pirenáicas y seríamos capaces de meditar, con independencia de aquello que quieran cosechar en ese lugar, en teoría impenetrable, que es nuestra mente; nuestro particular mundo de las ideas.

La cuestión es que aún no ha llegado el metro, y yo todavía aquí…con ganas de irme al McDonald’s.

martes, 4 de noviembre de 2008

Vida y Obra (I)

He salido esta noche del gimnasio y he pensado “¿por qué no escribir un poco acerca de mi vida? Sería constructivo… ¿no?” Pues bien, aquí me tenéis, dispuesto a hablaros de mis comienzos, de mis locuras y de mis comidas de coco. Supongo que esto me llevará alguna que otra entrada de más y ¿quién sabe?, a lo mejor hasta recopilo todo y publico un libro, o no.

¿Por dónde empezar? Bueno, mi nombre no os lo voy a decir, dejémoslo en mi pseudónimo, Baldur (que es el nombre que quería ponerle a mi perro, aunque en mi casa se discrepó bastante). Aquellos coleguitas a los que he pasado el link del blog, os pido compostura. Bueno, dado el “nombre”, empecemos.

Todo comenzó una mañana del 5 de Noviembre de 1987. Mi madre rompió aguas aún cuando todavía no había amanecido y al parecer, yo tenía tanta prisa en nacer que me sacó del claustro materno la partera. Que ¡hay que joderse!, ni mi nacimiento fue como tenía que ser. El médico sobando. Y yo naciendo. ¿Qué clase de puto médico se soba? Pues según mi tío, que es médico, uno normal: de los que duermen, comen, hacen pis… El caso es que corre un rumor que dice que tal y como naces es el reflejo de tu vida como adulto. Y efectivamente. Mi hermano mayor manso y pasota. Yo hiperactivo, lo que actualmente soy, y con episodios de ansiedad, por cierto. Mi hermano pequeño es un híbrido entre el mayor y yo, fue prematuro pero nació relajado.

Bueno, de bebé era un fiasco. No comía nada. Sólo quería que mi madre me diese los potitos (se sobreentiende que la parte en la que tomo el biberón, que no teta, se omite pues no tiene mucho misterio) y cada vez que la asistenta me intentaba dar de comer yo le escupía la comida en toda la jeta. Bueno, fue divertido hasta la toma de medidas drásticas, en la que mi queridísima madre decidió que si no comía de la mano de la asistenta, no comía. Al parecer, según cuentan ya que yo ni me acuerdo, pasé hambre. Un poco hijos de puta si que eran, un pobre niño indefenso… Bueno, hasta la rata más tonta aprende. Yo aprendí.

Joder, esto de escribir a lo Irvin Welsh no está tan mal. Estaba ya un poco trastornado de tanto misticismo (leer otras entradas del blog). Por cierto, hablo del blog, y a lo mejor llega un día en que esto no se lea en un blog, sino en otro lado, así que os dejo aquí un pequeño enlace de publicidad:
www.elsuspirodelconvicto.blogspot.com.

Prosigo con el relato fantástico de mi edulcorada vida. Tocó ir a la guardería y sin problema aparente. En el colegio, por algún capricho del destino, o mío, comencé a engordar. Qué gran putada, con perdón, para un niño, el hecho de ser obeso. ¿Quién de vosotros, cabroncetes, no se rió alguna vez de algún pobre gordito en el cole? El caso es que mi madre, para la merienda, me daba manzanas, las cuales yo cambiaba con algún desdichado inculto por su bocata de nocilla. Mmmm, todavía recuerdo ese sabor... Es una lástima que ahora el dulce y yo seamos simples conocidos. A veces ni nos saludamos. Debió de ser al adelgazar, pero bueno, eso viene más adelante, ¡no nos precipitemos!

Os fijaréis en que mi infancia está siendo relatada de forma más o menos rápida. Es a causa de mi poca memoria, de que no quiero recordar o de que simplemente esta etapa de mi vida me aburre más de lo que os puede estar aburriéndoos a vosotros. Pero tranquilos, ¡aquí llega mi primer acto delictivo! Fue una suerte ser menor de 13 años y por tanto ser un ser incapaz (capacidad de obrar muy limitada) con arreglo a la Ley vigente (lo que significa que era impune a todos sus efectos) Estaba yo en el RACE, a las afueras de Madrid (por si no lo he dicho, soy de Madrid, España). El RACE es la Real Automóvil Club de España y tenía una especie como de club social con restaurantes, piscinas, columpios. Solíamos ir algunos domingos allí. Teníamos amiguitos, mi hermano mayor y yo, hijos de los amigos de mis padres, con los que jugábamos durante aproximadamente todo el puto día. Éramos incansables. De hecho, uno de esos amiguitos era Fernando Blasco, muy a nuestro pesar, falleció en Irlanda en un atentado del IRA: aquel que pilló en el verano del 98. Supongo que os acordaréis, fue en el único en el que murieron españoles. Pero no nos desviemos del tema.

El caso es que estaba mi amiguito Juanjo, de 8 años en un columpio, y llega un notas de 10, y le obliga a bajar por medio de la violencia del columpio. No te jode. La ley del más fuerte. Pues para fuertes yo, cabronazo, ¡te vas a enterar! Vaya paliza. Según mi padre, me tuvieron que sacar de ahí porque las madres decían que no se me podía sacar de casa, que me medicasen o algo. Huelga decir que el chaval salió de allí en ambulancia. Que se joda, creo que aprendió la lección. Puto abusón. ¿No sabes que a las bolitas de grasa rellenas de queso no hay que cabrearnos? No murió, me hubiese enterado. Sólo un “pequeño” correctivo. En mi casa se asustaron, como para no. Casi lo mato, literalmente. Estuvimos un par de añitos sin pasar por el RACE. Yo por aquel entonces no llegué a comprender bien el por qué.

Haré un inciso para dedicárselo a mis padres. Con mis veinte años, mañana veintiuno, he llegado a una conclusión: son la polla. Nos han apoyado en todo y han sido ejemplares para con los tres fieras que somos sus hijos. Bueno, ya está, que como lean esto se crecen y me vuelven a poner hora de llegada.

El caso, que mi agresividad no es que empezase a aflorar, sino que como iba ganando más masa muscular (grasa) y me iba haciendo grande y fuerte (gordo), las cosas empezaban a cambiar, y esta se empezaba a hacer patente. Lo que antes consentía por un cromo, ahora conllevaba desgracia y destrucción en el patio. Bueno, quizás me esté flipando un poco; no creo que ni la mitad de mis compañeros de primaria se acuerde de mi como “el matón”. Más bien como “aquel gordito alegre… ”Creo que mi autoestima se está empezando a desmoronar. A ver si llegamos ya a la adolescencia...

Por estas fechas nació mi hermano pequeño. Diez años después que yo. Sigue siendo un enano al que quiero mogollón, sobretodo porque es mi pupilo y ha de aprender de mí lo que el pasota de su hermano mayor suda de enseñarle. A él también le quiero. Creo que quiero a toda mi familia. A mis padres, mis tios, mis abuelos, mis primos. Si, debe de ser lo normal.

Mi problema es que yo tenía mucha rabia acumulada. Y cuando me daba me pegaba con quién fuera. Daba igual, hombre o mujer, mayor o pequeño. El caso es que a veces perdía y otras no. En primaria llegaron a amarme. Pero llegó la ESO, y se les ocurrió meter pibas. Entonces la cosa giró bruscamente. Lo de ser gordito ya no era gracioso. Era bochornoso. Las burlas crueles que antes se respondían con guantazos, ahora eran humillantes, pues ¿cómo iba yo a defenderme ante burlas sutiles delante de las niñas? A guantazos no era la manera. O si. Pero me cohibí. Tenía que buscar una salida. Adelgazar no procedía. Mi destino era adelgazar después. Asique me encerré en mí mismo. Mi hermano repitió y mis notas empezaron a ir mal. Se me olvidó decir que mejoré mi inglés en Inglaterra, en quinto y sexto. Sin mayor relevancia.

Sigo.

Hago otro inciso para dedicárselo a mi hermano mayor, gran lector y actual periodista de profesión y estudiante de historia en la universidad, ya que en esta época me hizo enganchar a ese gran vicio que tengo que son los libros. Empecé a leer literatura fantástica y, a pesar de que ahora leo de todo (novela histórica, biografías, novela negra, psicológica, poesía, etc), sigo leyéndo a mis dragones y caballeros, a mis elfos y enanos. A todos ellos, junto con mi hermano, doy las gracias.

Entonces, me empecé a juntar con gentuza. Gentuza de Chamartín, que incluye en su flora y fauna a pseudo gitanos de Manoteras y demás especímenes como grafiteros, pokeros, etc... Bueno, hasta aquí este primer episodio. Bastante elegante ¿no? Espero no haberos aburrido mucho. Por cierto, si sois niños y queréis matar a alguien que os haya levantado un columpio, el camino es el siguiente: le empujáis, cuando está en el suelo os ponéis encima y, si sois gordos como lo era yo, os costará poco retenerle debajo, si no, lo que deberéis hacer es proceder con rapidez: y cogerle de las solapas y empezar a sacudirle para que en cada espasmo su cabeza golpee contra el suelo. Así se me contaron que lo hice yo. Yo de esa parte no me acuerdo. Supongo que estaría cegado por el odio. Si, lo más seguro es que fuera eso.

Estés donde estes, niño roba-columpios, no me odies.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Cita

"La historia cuenta lo que sucedió; la poesía lo que debía suceder."

-Aristóteles