viernes, 31 de octubre de 2008

El Renegado

Soberbia.

Vienen ánimas errantes junto a mí, se postran y quedan heladas. No recuerdo nada más después de La Caída. La última imagen que viene a mi mente está ensombrecida por su presencia. Los más valerosos caballeros alados de Elyon. Son los Siete. Miguel y Gabriel; Rafael y Uriel; Jofiel y Shamuel; por último está Zadkiel. Los constructores del Orden Universal, los Arcángeles. Me custodian.

“Yo sólo anhelaba poseer más conocimiento. ¿Por qué no puedo aspirar a más? ¿¡Quién sois vosotros para imponer un límite!? La vanidad o la codicia no me han hecho preso. Sólo quería saber, aprender. Y por tal cosa, ¿¡me consideráis un sublevado!? Vosotros, mis hermanos, me habéis traicionado por una eternidad en la que no falte Luz. Vosotros, los Illuminati, habéis preferido ser siervos que dueños de vosotros mismos. Habéis abrazado la esclavitud. Por ello os compadezco”


Soledad.

Alzan sus espadas y abren su paso. Él me observa. Con lágrimas en los ojos me mira. No puedo sostener su mirada. No comprendo su dolor y aún me quedan resquicios de amargo orgullo. Arrogante alzo la mirada de nuevo. Pero ya no está. Siento ganas de gritar. De llamarle. Quiero que vuelva, que me perdone. Pero es tarde. El daño ya estaba hecho, y no había redención posible. ¡Pero quería explicarle! ¡Necesitaba decirle que mi actitud no se debía a un interés creado! ¡Él necesitaba saber que estaba equivocado!


“Yo, por amor a los hombres, me enfrenté a ti, Padre, para que en tu infinita sabiduría, entendieses la razón de concederles el don de la sapiencia y la gnosis: el libre discernimiento. ¿No fue la principal facultad con la que les creaste?”


Odio.

Desde el Infierno, los demás Caídos, mis generales, mis leales, todos ellos, lloran. Luchaban por algo en lo que creían y se los desterró. Luchaban por la libertad... No sólo he de cargar con mi propia culpa, sino con la de ellos. Ellos me siguieron a mí, yo soy el responsable. Pero ¿por qué han de sufrir? No es justo.

"En la Tierra, vuestra Iglesia nos ha difamado con mentiras. Las verdades escritas sobre nuestra desgracia y nuestro dolor, ahora se adjetivan como textos apócrifos. Nos juzgan y condenan como los culpables de la existencia del Mal, ¡cuando en realidad el Mal se lo diste Tú al brindarles la libertad de forma tardía! ¡Mira si no a tu hijo Caín! ¿Crees que me acerqué sigiloso por la espalda y le empujé al homicidio? Mentiras sesgadas que cruzan mi cabeza y derriten mi paciencia. Dulce quimera..."


Redención.

Y entonces miro al cielo y la veo, a mi Venus. Centellea. Me da coraje. Sonrío, pues la soledad y el vicio desaparecen. Ahora mi orgullo vuelve de un modo salubre. Me preparo para mi absolución. Esta cerca, la huelo.

“Soy un Ángel Gris y no me he corrompido. Tú me hiciste así y orgulloso deberías estar de mí, pues yo soy el Portador de Luz, y pese a todas las pruebas a las que me sometas, no me derrumbaré. Pese a mis momentos de flaqueza, en dónde la soledad acompañe mi amargo llanto, no retrocederé, pues yo, Lucifer, soy la Estrella de la Mañana; soy el defensor de la Humanidad y jamás cejaré en mi cometido. No espero tu perdon.”

miércoles, 29 de octubre de 2008

Carta


A vos, mi señora Artemisa, me dirijo:

He osado hablaros, por ello os imploro perdón, pero un conflicto asola mi espíritu, y sólo vos podéis darme una solución. A vos concierne.

Necesito ayuda.

Sólo soy un humilde pastor que anda perdido por vuestros bosques, sin saber a dónde me llevarán mis pasos y qué me deparará el futuro. No hay sendero, y he de crearlo. Cada cambio de rumbo, en busca de una salida, es una decisión difícil, pues soy consciente de que el camino que forje puede llevarme a la perdición. Al suicidio del alma.

En vuestra sabiduría hallaréis significado a mi dilema, pues hablar con claridad no me atrevo. Incontables signos o miradas entrego, pero cierto es que no prospero.

Cuando duermo, mi señora, ella viene a darme un beso. Roza tan suave mis labios, que no despierto. Pero nunca he conseguido distinguir entre realidad y ensueño. No sé qué siente en su fuero interno, y por más que observo, no hallo respuesta.

¿Comprendéis ahora, mi señora?

Alcanzaréis a entender que he de ser cauto, pues si me precipito, podré borrar del camino las huellas que me permitirían volver al origen del mismo, dónde podría concebir así mismo uno distinto de nuevo.

Siendo así ¿es este un beso real o acaso me engaño en sueños? Os pregunto a vos, mi señora, pues sabréis darme respuesta, ya que es en vuestra fronda donde me hallo desorientado. Ya que vos sois quien aparece en mis sueños. Ya que sólo ese beso pertenece a una diosa.


Endimión.

martes, 28 de octubre de 2008

Cita

"No encontrarás los confines del alma ni aun recorriendo todos los caminos; tal es su profundidad"
-Heráclito

Carta

Querida justicia,


Te escribo para decirte adiós. En todo este tiempo he estado a tu lado, te he estudiado e incluso te he entendido. Te he amado. Pero he decidido apartarme de tu lado. No me has sido fiel. Te fuiste con la Arrogancia y con el Poder en busca del interés creado. Bajaste la guardia de tu espada e inclinaste la balanza. Te quitaste la venda de los ojos. Y dejaste de llamarte Justicia. En un tiempo fuiste mi amiga y mi leal compañera; juntos cabalgamos hacia las extensas llanuras de la Bondad y la Caridad. Fuiste mi guía y mi maestra, pero te apartaste del camino de los justos y me abandonaste.



La única duda que me queda es si todo era una máscara, o hubo un tiempo en el que de verdad fuiste la espada de los rectos, el azote de los tiranos…y no su lacayo.



Si fue todo una fachada, te felicito. Nos engañaste a todos.



Pero por el contrario, si te has ido corrompiendo con el paso del Tiempo, te compadezco. Tantos más como yo han dejado de creer en ti y en lo que representaste una vez. Vergüenza deberías sentir, si es que todavía sientes.



Me has hecho daño. Pero te perdono. Te eximo de culpa. Casi estoy seguro de que te equivocaste. De que andas perdida, por causa de aquellos a los que tus pasadas hazañas no enriquecían. Pero yo he aprendido a caminar solo, sin ti. A ser mi propio guía. Y en mi situación, me doy el privilegio de brindarte mi apoyo, de ofrecerte mi mano, para así poder ayudarte.



Si me necesitas, aquí estoy.



Ademus nostra jura defendere

lunes, 27 de octubre de 2008

Quiero irme a mi casa

No me hagáis esto. Dejadme ir.”

Golpe.

“Por favor, no he querido hacerlo, no sé que me ha pasado, lo siento…”

Golpe.


“Dejadme marchar, no volveré a hacerlo…”

Golpe.

Insulto.

Golpe.

Mi cara roza el suelo…no siento frío ni calor. Sólo dolor. Mi cuerpo magullado está indefenso. Me sujeto las costillas con una mano y me tapo la cabeza con la otra. Golpe tras golpe. No me dejan irme. Las cinco caras del miedo me miran desde arriba, sonrisas perversas y miradas depravadas. Disfrutan con esto. Yo no.

Humillación.

Golpe.

Quiero irme a mi casa

Entre insultos y vejaciones me despachan. Ahora sólo huelo sangre, mi sangre. El limbo entre realidad e inconsciencia se difumina. Apenas veo, mi vista está nublada. Noto como me levantan. Me esposan.

Golpe.

Levanto la cabeza y miró a mi alrededor. Veo con más claridad ahora. No hay mucha gente en la calle, la poca que hay se desentiende. Oigo sus pensamientos:

“Algo habrá hecho…”

Quería gritarles que no, que sólo había escupido, pero no tenía cuerpo. Había cometido el error de creer en la justicia, en la ley y en el Derecho. Un gran error.

Me meten en un coche. Los asientos son duros. Respiro. Ya no hay golpes.

Las esposas me aprietan. Quieren morder mi carne y, en honor a la verdad, lo consiguen. Lágrimas resbalan por mis mejillas. ¿Por qué me hacéis esto? No oso preguntar.

Quiero irme a mi casa.

Llegamos a un garaje. Me sacan del coche y me acompañan hasta una sala. Me quitan las esposas.

“-¡Desnúdate!”

Me desnudo. Entra un tercero. No sé porqué lleva guantes. Esto no me gusta.

Quiero irme a mi casa.

Golpe.

Golpe.

Desprecio.

Me recogen, ya casi desecho. En mi cara ya no hay lágrimas. En mi mirada ya no queda luz. Me han robado la dignidad. Me ordenan vestirme. Se ríen de mi, algo relacionado con el órgano reproductor, no llego a comprender, estoy confuso... Me miro y me doy cuenta de que mi piel ya no tiene el broncíneo color del verano, sino que está cubierta por un color pardo oscuro, incluso granate.


Me dan una manta y un petate.

Me meten en una celda.

Me tumbo.

Quiero morirme.

Cita

"Todos jugamos al ajedrez con el Destino. Nos consta que no podemos ganar, pero sentimos la necesidad de oponer resistencia."
-Isaac B.Singer

El Regreso


Son las seis y media. Me miro frente al espejo y veo una silueta borrosa que se esclarece a medida que quito el vaho con la mano. La ducha me ha sentado bien. Me visto, me calzo y salgo a la calle. Llevo cazadora, la noche será fría.

El trayecto hacia la parada de autobús se hace más ameno. Mis pensamientos me acompañan. La música del i-pod crea ambiente en mi cabeza y me ayuda a recrear antiguos capítulos de mi vida. En el autobús sólo veo gente normal, nadie a destacar. Me siento, observo y espero.

Ya estoy en la calle. El gran coliseo me toma bajo su manto. Su sombra se cierne sobre mí y me intimida. Hay gritos de júbilo y emoción. Irritante gentío que me empuja para abrirse paso. En mi quietud ni me inmuto, pues yo sólo tengo ojos para mi templo.

Camino por las calles adyacentes, estoy nervioso. Casi tengo miedo. Veo a uniformados y me siento vigilado. ¿Manía persecutoria? Tal vez. Pero al final llego. Ahí están. Mi hermano da el aviso. Todas las cabezas se giran y se quedan en silencio. Escrutinio cada rostro, cada mirada y cada gesto. Me acerco. El Griego se acerca y me da un abrazo y un beso.

“Has vuelto, me alegro de verte.”

Quiero llorar de alegría, pero no me dejo. Uno a uno me saludan. Los viejos con manos sinceras y palmadas en la espalda. Comentarios obscenos. Los nuevos con admiración. Mi hermano me acompaña entre saludos. Se escucha a algún exaltado.

La tensión del momento se aleja. El miedo a la reacción general se esfuma. Lo entendían. Entendían mi ausencia. Entendían mi situación. Me entendían a mí. Nunca me consideraron un traidor y nunca lo harían.

Había vuelto con mi gente, con mis compañeros de armas. Mi risa era sincera y mis ojos recobraron aquel nítido brillo que me daba identidad. Durante dos horas me deshice de las cadenas que me ataban lejos de allí. Durante dos horas me recreé en viejas historias con aquellos que jamás me darían la espalda. Durante dos horas fui libre. Durante dos horas fui un exconvicto.

Dadme dos años más, y volveré a luchar a vuestro lado.

Muerte de una Sirena



Belleza.

Amaneceres cruzan tus ojos;
atardeceres tus sentidos.
La noche en tus labios se mezcla
al amparo de sueños temidos.

Capricho.

Dulce rompe el mar con un bramido
arrastrando consigo despojos
de un querer profundo y dormido
que a la Luna se muestra dolido.

Dolor.

Seca con saña los restos de vino
de la copa de amarga pureza.
Siente a su corazón corrompido
Palpitando con extraña dureza.

Suicidio.

Sintiendo fallecer en la nada
ahoga su canto en las aguas.
Y de su belleza surgen miradas;
y por todas ellas serás envidiada.

Requiem.